martes, 28 de febrero de 2012

Aprender economía, ¿en casa o en la escuela?


El debate "en la familia o en la escuela" suele aparecer cada vez que la atención social se enfoca en temas que implican elecciones personales: religión, sexualidad, civismo… Las creencias y valores asociados a estas cuestiones, ¿deben transmitirse a los jóvenes por la vía institucional, por la familiar o por ambas? Parece improbable que pueda plantearse sobre algo tan práctico, útil, necesario y terrenal como la economía. Sin embargo, la controversia sobre la inclusión de temas económico-financieros en los contenidos escolares crece a medida que surgen nuevas propuestas, cada vez más ambiciosas, en esta dirección. Tal vez el problema sea la indefinición sobre la educación financiera que queremos llevar a la escuela y cómo hacerlo de manera eficaz.

El artículo que publicó recientemente El Confidencial, sobre las reacciones a la propuesta británica de incluir contenidos financieros en la educación primaria, nos proporciona un gran número de consideraciones interesantes. De entrada, el título del reportaje: “Los niños británicos de cinco años aprenderán a calcular intereses”. ¡Guau! ¡Qué precocidad! No es de extrañar el comentario que dejó una amiga en nuestro portal de Facebook: “Pues mejor que sigan siendo niños durante un ratito más, que cuando aprendemos a calcular intereses ya es para toda la vida y por obligación, ¿no?”.

Al margen de lo significativa que resulta esta opinión (volveremos más tarde sobre ella), reconozco que incluso a mí me produce cierto repelús la idea de los tiernos infantes tratando de calcular intereses con sus pequeños ábacos de colorines. Sin embargo, quisiera tranquilizar a nuestra amiga: se trata de una legítima licencia periodística para llamar la atención; probablemente nadie leería un artículo titulado “Nueva propuesta británica para enseñar economía en Primaria”.

Admito que me sorprendieron las opiniones vertidas por el representante de una importante asociación de padres, que considera que Primaria no es el lugar idóneo para impartir este tipo de contenidos, y que tales propuestas “responden a intenciones adoctrinadoras, por parte de instituciones públicas y privadas que no tienen nada que ver con el mundo de la educación… (…) Ya hay asignaturas de economía en Secundaria”. Lo cierto es que no consigo captar por qué concienciar a los jóvenes sobre el elevado coste de endeudarse a través de una tarjeta de crédito (lo que, desde un punto de vista estrictamente racional, debería disuadir de su uso indiscriminado) puede constituir adoctrinamiento. Recordemos que la educación primaria suele ir desde los 5 hasta los 12 años, y que sería un gran avance que los estudiantes de esta edad fueran capaces de apreciar la utilidad práctica de las matemáticas para afrontar situaciones cotidianas; las demandas del entorno económico a las que se enfrentan tienen poco que ver con las que vivimos las generaciones anteriores. Volviendo al planteamiento inicial, parece que el verdadero debate se centra en las siguientes cuestiones:

1)      ¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela?
2)      ¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar?

¿Qué educación financiera queremos llevar a la escuela? En ausencia de estrategias nacionales debidamente coordinadas, cada entidad, gobierno o grupo impulsor suele orientar los contenidos según sus propias motivaciones y prioridades: fomento del espíritu emprendedor, matemáticas financieras, conceptos generales de macro y microeconomía… Y ya no digamos si hay bancos centrales implicados: entonces también encontramos excelentes materiales para familiarizar a los jóvenes con el control de la política monetaria nacional y la estabilidad de precios. Qué bien. Lástima que estas futuras autoridades monetarias de quince años no sean capaces de controlar el consumo de su teléfono móvil ni de comparar las tarifas de las distintas operadoras.

Tenemos que asumir que no todas las cuestiones económicas y financieras son igualmente relevantes ni necesarias. El peligro de un enfoque demasiado técnico reside en transmitir a los jóvenes la errónea impresión de que la economía es un campo de conocimiento de interés opcional, como las ciencias naturales o el latín, de modo que si no piensan ser economistas, científicos o lingüistas, no necesitan prestar a estas materias más atención de la imprescindible para superar los exámenes. De hecho, en muchos países las asignaturas de economía son “optativas” y desarrollan conceptos de cierta complejidad.

Por eso es importante distinguir entre la economía que se enseña a los futuros profesionales de la disciplina, en sus distintos campos de aplicación (que puede perfectamente ser optativa), y la que necesitamos todos los ciudadanos, sin excepción, con independencia del área de desempeño profesional a que nos dediquemos. Esta última, la economía “con minúsculas”, es la que debe tener carácter obligatorio (aunque no necesariamente dentro del curriculum formal) y, sin lugar a dudas, puede y debe empezar a transmitirse desde los primeros años de escolarización.

Cuando nos lamentamos de que los efectos de la crisis se están viendo agravados por la falta de cultura financiera de la población, no nos referimos al desconocimiento de los mecanismos de estabilización de la balanza de pagos: estamos hablando de personas que gastan más de lo que ganan, que han perdido el control de su presupuesto hasta el punto de caer en situaciones angustiosas de quiebra familiar y que se sienten inseguras en sus relaciones con los intermediarios financieros. Un artículo reciente, en la que se explicaba el avanzado sistema sueco para apoyar a las familias sobreendeudadas, señalaba que el organismo responsable apuesta por la prevención, impartiendo cursos de “Hogar y economía” en colegios e institutos. Sensata y sabia aproximación, basada en una concepción práctica y realista de la economía como herramienta para el manejo responsable del presupuesto personal.
  
¿Es eficaz centrar los esfuerzos en la población escolar? Una de las grandes ventajas de los programas de educación financiera para niños y jóvenes es que los canales para llegar hasta ellos están muy claros: el sistema educativo nos dice dónde y en qué horarios vamos a tener disponible (que no dispuesta) a la mayor parte de nuestra población objetivo. El desafío de llegar a los adultos resulta infinitamente más complejo, puesto que tanto las necesidades formativas como los canales de acceso están mucho más fragmentados: no los tenemos ni dispuestos ni disponibles.

El problema de los programas de educación financiera en la escuela es que… se quedan en la escuela. Dadas las evidentes dificultades para acceder a la población adulta, nos decimos que “los niños son una buena forma de llegar también a los padres”, por lo que esperamos que el efecto beneficioso de la formación se propague de forma natural y gratuita. El niño, los papás y los abuelos por el precio de uno. ¿Realmente esto funciona así? No cabe duda de que los niños determinan en gran medida el destino del gasto familiar (todos los publicistas del mundo lo saben), pero que sean capaces de modificar de manera duradera los hábitos monetarios de sus progenitores, en sentido contrario al de sus propias inclinaciones… es harto cuestionable.

Utilicemos el ejemplo de la educación sobre salud: todos mis amigos fumadores continúan siéndolo, pese a la preocupación manifiesta de sus hijos después de ser aleccionados en la escuela sobre los innegables efectos nocivos del tabaco. “Mamá, te vas a morir si sigues fumando”. Para ser sincera, no es justo decir que estas acciones no influyen en los papás, puesto que en realidad mis amigos sí han modificado sus hábitos: ahora fuman en el balcón y a escondidas, para evitar las molestas profecías de defunción inminente. Como fumadora pasiva y militante anti-humo, me encantaría que funcionara el chantaje emocional de niño a padre. Sin embargo, salvo prueba en contrario, parece que somos los adultos los que tenemos más éxito transmitiendo creencias y hábitos (adecuados o inadecuados) a nuestros descendientes.

Por eso, pese a mi absoluta convicción de que una formación financiera basada en valores y en la responsabilidad personal debe ofrecerse en la escuela desde los primeros años, creo que es un error no realizar esfuerzos de similar calibre entre la población adulta. De poco sirve instruir a los jóvenes sobre los peligros del endeudamiento, si en el entorno familiar asisten con naturalidad a la compra a crédito de todo tipo de accesorios. Estando expuestos a dos tipos de mensajes abiertamente contradictorios, ¿cuál esperamos que tenga más efecto en sus comportamientos?

Este vídeo, de una serie de excelentes materiales de la Fundación Itaú para Educar Chile, plantea de forma muy inteligente cómo el comportamiento económico de los adultos afecta y condiciona a los hijos. Aunque está concebido como material para la escuela, ¿no sería también conveniente ponerlo al alcance de los mayores?  


Ya hemos mencionado las dificultades “logísticas” de diseñar programas eficaces para la población adulta, a las que hay que añadir el reto de desmontar creencias negativas, muy arraigadas, sobre el dinero. Retomemos aquí el comentario de nuestra amiga de Facebook: “Dejemos que sigan siendo niños, ya les tocará calcular intereses para toda la vida y por obligación”: la gestión de la economía personal, claramente percibida como una carga fatigosa y no deseada. Otra persona me comentó en una ocasión que le provocaban gran rechazo las fotos de niños sonrientes con billetes en las manos, lo que nos aporta una muestra evidente de la consideración del dinero como algo “sucio”, poco adecuado para la inocencia infantil.

Para que los adultos seamos un apoyo y no un obstáculo a la educación financiera que los jóvenes puedan recibir en la escuela, es necesario que comprendamos que la sencilla habilidad de calcular intereses no sólo sirve para amargarnos recordando cuánto tenemos que pagar de hipoteca, sino también para tomar decisiones inteligentes sobre la oportunidad de contratar determinados productos de ahorro o inversión (la maravilla del interés compuesto, ¡ese gran desconocido!). Y, por encima de todo, necesitamos desterrar la idea de la maldad intrínseca del dinero; es un recurso más, completamente neutro, y la actitud con que se maneje puede marcar la diferencia entre una vida próspera o la mera supervivencia. Si la educación financiera de los adultos no se aborda con el mismo entusiasmo que se dedica a los jóvenes, gran parte de los esfuerzos habrán sido en vano.

El aprendizaje financiero, en la escuela y en casa.