miércoles, 15 de febrero de 2012

La elegancia de las finanzas y la vulgaridad del dinero


El manejo productivo del dinero no es una sorprendente habilidad reservada a ciertas mentes preclaras, no requiere años de estudios superiores ni exige la utilización fluida de palabras en inglés. En este blog ya hemos comentado alguna vez que los únicos ingredientes imprescindibles para unas finanzas personales sanas son el sentido común y la responsabilidad individual, que son gratis y están al alcance de todos (bueno, de casi todos).

Por desgracia, este enfoque tan simple tiene pocas esperanzas de prosperar mientras mantengamos ciertas creencias y sensaciones estrechamente asociadas al término “finanzas”. Tampoco ayuda que “educación financiera” resulte una denominación genérica y vaga donde las haya… y no muy seductora, todo sea dicho.  ¿A quién le puede apetecer dedicar su tiempo libre a “adquirir educación financiera”? Los anglosajones, que valoran el arte de la comunicación y se muestran mucho más perceptivos sobre las implicaciones emocionales del lenguaje, suelen poner a sus programas e iniciativas de educación financiera nombres tan inequívocos como “el dinero inteligente”, “tu dinero importa” y expresiones similares; he oído a muchas personas decir que no les interesan las finanzas, pero aún no conozco a nadie a quien no le preocupe el dinero.

Sin embargo, en gran parte del mundo de habla hispana, con las mejores intenciones pero no muy conectados con la realidad, insistimos con “educación financiera”, “finanzas para todos” y, la que en mi opinión encabeza el ranking de denominaciones desafortunadas, “alfabetización financiera”. Este término, usado institucionalmente en algunos países de Latinoamérica, es una traducción fiel del “financial literacy”. La diferencia es que en los países anglosajones distinguen con claridad entre la terminología que se utiliza en ámbitos profesionales, institucionales o académicos, y la que realmente puede conmover y captar la atención del público desde un portal de Internet.

Aceptémoslo: las “finanzas” no tienen gancho comercial y la “alfabetización” aún menos, especialmente si nos dirigimos a la población adulta: “Damas y caballeros, dado su escandaloso nivel de analfabetismo financiero, ponemos a su disposición unos magníficos programas de alfabetización”. Imagino las avalanchas de personas pidiendo ser financieramente alfabetizadas. La verdad, yo no soy capaz de cambiar la rueda del coche, pero me dolería un poco ser tachada de analfabeta mecánica.

Con independencia de las palabras que usemos, a todos los que nos dedicamos a divulgar y promover la cultura financiera nos guía el mismo propósito: contribuir a que las personas asuman con confianza y naturalidad el control de su economía. Sin embargo, el éxito depende de que consigamos atraer su interés, y el lenguaje es una herramienta que puede jugar a favor o en contra de este objetivo. Así que tenemos dos opciones: o asumimos la hercúlea tarea de convencer a la gente de que las “finanzas” les conciernen, o aterrizamos y nos expresamos como todo el mundo.

Puede que hablar de dinero no sea elegante, ¡pero sin duda es más eficaz!


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