martes, 9 de octubre de 2012

El inversor que sabía demasiado


¿Existe tal cosa como un exceso de cultura financiera? ¿Es posible morir por sobredosis de educación inversora? Por asombroso que parezca, hay voces autorizadas capaces de justificar una respuesta afirmativa. Gracias a las series de abogados que abundan en televisión, todos sabemos que la verdad es un territorio difuso, y que casi siempre se puede argumentar con solvencia en sentidos opuestos. ¿Será cierto que la necesidad universal de educación financiera no está más allá de toda duda razonable?

Si hubiera que clasificar al mundo entero según su relación con este tema, a grandes rasgos se podrían distinguir tres grandes grupos: el público en general, los profesionales de las finanzas y los activistas de la educación financiera. Con gran entusiasmo formamos parte de este último colectivo (lamentablemente minoritario y fragmentado, pese al notable crecimiento de los últimos años), integrado por diversos entes públicos, privados… y hasta unipersonales.

Para complicar aún más el panorama y animar esta guerra de guerrillas, los tenaces militantes pro-financial literacy compartimos espacio con un nuevo grupo de interés, numéricamente irrelevante pero con cierta capacidad de influencia: los detractores de la educación financiera. Se trata de una comunidad tan heterogénea y dividida como la nuestra, y las argumentaciones que proporcionan son de variada naturaleza. En este artículo vamos a destacar dos, que bautizaremos como Teoría conspirativa y Teoría del inversor suicida autosuficiente.

.    Teoría conspirativa. Sostiene que los programas de educación financiera son producto de la confabulación entre la industria bancaria y los organismos públicos que regulan los mercados financieros, con el objetivo de empujar al público al redil de unos mercados en los que siempre van a ser la parte más débil, en exclusivo beneficio de la susodicha industria. La primera noticia que tuve de tal interpretación procedía de una asociación de consumidores, que la expuso como respuesta al lanzamiento oficial de un programa público de educación financiera de alcance nacional.

Es evidente que, en los últimos años, hemos asistido a un proceso de transferencia de riesgos desde las entidades financieras hacia individuos y familias, mediante el diseño y la comercialización masiva, y a menudo indiscriminada, de complejos productos de inversión. Carece de sentido negar las insanas prácticas bancarias previas a la crisis, que han inundado los mercados de instrumentos sin atractivo alguno para los inversores y con desastrosos efectos sobre la economía real. Sin embargo, no veo cómo la ignorancia financiera de los consumidores puede reforzar su posición frente a los casos de mala praxis de los agentes profesionales. Por el contrario, una mayor y mejor cultura financiera hubiese permitido a los inversores mantener un espíritu crítico ante las ofertas recibidas y comprender la información disponible sobre los verdaderos riesgos de las presuntas gangas.

Tampoco es razonable juzgar a todo un colectivo por la actuación de algunos. Aunque el grupo de entidades que abrazaron tan cuestionable estilo de negocio es desoladoramente extenso, el libro Banking with Integrity. The winners of the financial crisis? repasa el caso de varios bancos que han visto mejorar su desempeño en el crítico periodo 2007-2010, gracias a una cultura directiva basada en el servicio a la comunidad y a sus grupos de interés.

Por otra parte, no resultaría sensato desechar sin más la teoría de la conspiración: los abogados del diablo cumplen la saludable función de señalar aquellos puntos conflictivos de cualquier proyecto, por muy bienintencionado que sea. La educación financiera abarca numerosos enfoques y niveles, y la formación de los inversores es uno de los más exigentes y delicados. En ocasiones, el legítimo objetivo de desarrollar los mercados domésticos de valores puede tropezar con la realidad de una insuficiente preparación del público para asumir de manera consciente los riesgos asociados a estos instrumentos, por lo que el refuerzo de la cultura inversora se convierte en una necesidad prioritaria. Como ya hemos comentado en entradas anteriores, el desafío está en lograr un adecuado equilibrio entre legislación, supervisión y educación financiera.

·    Teoría del inversor suicida autosuficiente. Afirma que las personas que reciben educación financiera pueden sobrevalorar su capacidad para tomar decisiones, invadiendo lo que debe ser un terreno exclusivo de profesionales altamente cualificados. Lauren Willis, una experta en leyes que trabajó para el Departamento de Justicia y para la Comisión Federal de Comercio de los Estados Unidos, opina que la educación financiera es “como  si nos dedicáramos a enseñar a todo el mundo a ser su propio médico, su propio mecánico, algo así, terriblemente ineficiente. No sólo ineficiente, sino que además asienta una cultura de echar la culpa al consumidor, como si se le dijera: tú eres el que no comprendió de qué iba esto”.

Por desgracia, esta idea coincide con la percepción de gran parte del público, que considera que la cultura financiera “es cosa de expertos” y que a ellos ni les va ni les viene. Este argumento se basa en el error de confundir la parte con el todo: la educación para invertir es sólo una pequeñísima parte de la educación del inversor, que a su vez es un ámbito limitado dentro de la educación financiera que necesita cualquier ciudadano.

Sin duda, la habilidad de intervenir y operar en los mercados requiere formación específica en cuestiones complejas y no está (ni debe estar) al alcance de todos, pero la educación del inversor es mucho más que eso. Un inversor formado no tiene por qué ser capaz de analizar valores en los mercados internacionales ni de introducir órdenes en los sistemas de trading automatizados, pero sí tiene que saber determinar el propio perfil de inversión, hacer las preguntas adecuadas al asesor financiero profesional, entender los riesgos que asume y defender sus derechos como usuario de servicios financieros. Y, bajando varios escalones, todo ciudadano necesita cultura financiera para manejar de manera eficiente sus recursos, incluso si jamás se decide a invertir en los mercados de valores.

En realidad, los que se preocupan por una epidemia de ciudadanos invadiendo los mercados de valores en plan kamikaze no están en contra de la educación financiera, sino de la autonomía inversora radical. No sólo puedo vivir con eso, sino que lo comparto en gran medida. Siempre habrá personas que consulten sus síntomas en Google y después opten por automedicarse, o que prefieran hacer una chapuza pintando ellos mismos su casa en lugar de contratar a un profesional… pero su equivalente en los mercados no se debe a un exceso de educación financiera, sino a todo lo contrario: también hace falta una adecuada formación para comprender hasta dónde se puede llegar.

Señores y señoras del jurado, consideramos que la necesidad de la educación financiera sí está más allá de toda duda razonable, pero admitimos la utilidad de los argumentos de quienes se oponen. Sus aportaciones nos ayudan a identificar los fallos del actual “discurso militante pro-cultura financiera”, así como a definir mejor los objetivos prioritarios en cada momento y lugar.